
El peeling químico es un tratamiento de renovación cutánea que aplica una solución exfoliante sobre la piel para acelerar la eliminación de las células superficiales. Al retirarse esa capa, la piel que queda a la vista se ve más uniforme y luminosa.
La solución se aplica en cabina durante unos minutos y actúa por contacto. Según la concentración y el tiempo de exposición, el peeling trabaja a nivel muy superficial o alcanza capas algo más profundas. Esa elección no es estética: depende del tipo de piel, de su fototipo y del motivo de la consulta, y se decide en la valoración previa.
Suele proponerse ante una textura irregular, marcas superficiales, tono apagado o manchas leves. No todas las pieles son candidatas y no todos los casos se resuelven con un peeling: a veces la indicación correcta es otra, o una combinación de tratamientos repartidos en el tiempo.
La sesión es corta. Durante la aplicación es habitual notar calor o un ligero escozor, que cede al retirar el producto. En los días posteriores la piel puede descamar y tirar un poco; es parte del proceso.
El cuidado posterior pesa tanto como la sesión: hidratación, fotoprotección diaria y evitar la exposición solar directa. Sin eso, el resultado se pierde y aumenta el riesgo de manchas.